domingo, 30 de junio de 2013

En los laberintos del tiempo se dibujan figuras sobrenaturales que gradualmente enloquecen el atardeder
cuando la muchedumbre solitaria bajo la lámpara de la tempestad marca huellas como historias
posándose esperanzados en la escrupulosa prosperidad que brota desde el deseo fluvial del ayer,
toda esa gente que no puede detener su fuga, antítesis de los pájaros frente a una estatua, el estatismo
deteniéndose en la espiral de las imaginaciones remotas narradas por duendes perdidos
como cartas de una vida pasada, como una burla al olvido, esos pájaros que se alimentan del cielo
estampando eternamente fotografías de la ternura, luchando con los rigurosos contratiempos que
intoxican la libertad, esos por los que ya no hay barcos anclados, enorme fatalidad de los reyes de
la neblina.

Con esos gritos de impaciencia en los ojos, los ojos intrínsecos de aquellos pájaros se esfuman
ya no entran en el ahogo de esta noche en el hospicio, esta que ahora mismo augura la temible
proximidad salvaje, que abruma y ensombrece los susurros soleados y sabios del ermitaño del
silencio, ese que nos habla de cómo se encadenan las pestañas, ese que pretende salvarnos.

Pero en esta interminable espiral de redes tejidas por manos indefinidas, la muerte
sangra sobre los sueños perdidos de los locos de sed y en esta bestialidad oscura
el amor se pierde bajo la noche oscura del desierto.

Son los pájaros estáticos, inamovibles, hipnóticos, son ellos y es el cielo, que actúan como
un espejo manso, allá a lo lejos, como rastros mágicos apartados del sol,
y es así como pájaro y neblina son mendigos de dos cuerpos, siempre incompletos, siempre
ausentes y etéreos, que pretenden atestiguar la absurda clarividencia de muchachas
exaltadas y un café derramado, en esta realidad inútil y banal, de deshechos de hojas de café
en aquel vaso de letras.

Cuando se abre la jaula se puede oír el vestigio de la lluvia de la montaña, como restos que
circulan en los oídos y en las lenguas, plasmándose de generación en generación, a través
de preciosos manuscritos inusuales que relatan épocas repulsivas de encanto y letras,
como conceptos sobre cualquier cosa, como un golpe violento en el pecho, un caerse en el
mundo de golpe y relámpago y calma otra vez, en un infinito herméticamente apagado.

Pero la gran tormenta en la isla de las historias es como la llave, los muros y martillos de la
libertad, y las veredas y el humo de la estupidez ya no existen porque el arroyo hizo más ruido
con su elegancia furiosa, y es así como nace el feliz despoblado de la gloria y la ternura, en el
que ya está prohibido titubear, ahora hay que seguir adelante, el meteorito puede volver a aplastarnos.

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