miércoles, 24 de julio de 2013

Prosa construida con haikus viejos


Se desbarranca el cielo y ruge, desierto el río. Y caen tantas gotas en este lienzo virgen, siempre inconcluso, que la guerra, que canta sus penurias monstruosas hasta inhibir al sol, es el barro de todas estas palabras.
Al instante el destino se refleja en las entrañas de los árboles. En la neblina, donde todo se funde, acechan ojos. Dueño de todas las cosas, el tiempo tiene la eternidad oscura y el parpadeo. Es infalible. 

La lluvia transcurre y los días pasan contemplando el ocaso, inabarcable. 

Pero de pronto, no sé si túnel, ramas laberínticas o tu voz. Verás: una palabra también provoca este océano en los ojos. Porque una palabra desmantela la oscuridad y llena el vacío. La flor se abre al fin y el invierno es solo un recuerdo vano. Cerca del río, un árbol deshojado muere de rencor, deshauciado de utopía. Pero en esa esquina el sol alumbra la vieja casa. 

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