domingo, 22 de septiembre de 2013

La inocencia perdida

Una torrencial mañana de julio, la pequeña Lucy pintaba un paisaje con témperas. Su voz cantarina y chillona inundaba la cocina y hubiera despertado a sus padres, de no ser porque durante ese rato del día la dejaban sola y se iban a trabajar. 

Nada parecía perturbar aquel ritual inocente que vivía la pequeña Lucy. Sin embargo, la dulce melodía que entonaba comenzó a ser interrumpida por insinuantes sonidos agudos, casi imperceptibles. La niña dejó de pintar y, sin dejar de cantar, dio una recorrida por su casa intentando reconocer de dónde venía el extraño sonido. 

Al acercarse al ventanal que daba al patio, el ruido se hizo más fuerte y repetitivo, lo que aumentó la curiosidad de Lucy, que salió al patio a investigar. Cuando estuvo junto al árbol que estaba en una esquina, el quisquilloso ruidito que ya había llegado a su punto más elevado e insoportable, sucumbió de repente. Ella miró hacia la copa del árbol, y ahí estaba él, que recomenzó su música ensordecedora nuevamente. Un gorrión gordo y grácil, tan grande que parecía que iba a explotar. Cuando el pájaro descendió del árbol hasta llegar a la altura de la niña, algo inexplicable ocurrió. Ella se sonrojó y comenzó a lloriquear, cohibida. Intentó correr pero el trino del pájaro la paralizó. Lucy sintió en su cuerpo el éxtasis de una sinfonía perversa que le perforó las sienes y finalmente no aguantó y se entregó a la voluntad de la pequeña criatura, que inevitablemente poseyó su alma por completo. 

La pequeña Lucy nunca recuperó su inocencia.

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