martes, 25 de febrero de 2014

Poesía a cántaros - Versión en prosa.

Ella llegó una tarde a la plaza. Llovía a cántaros, así que no abrió su paraguas. Se sentó en uno de los tantos bancos verdes, de esos tan típicos de las plazas arboladas y lluviosas. 

Silencio de agua. 

Pero cuando se dispuso a comenzar a leer sus apuntes sobre Filosofía y Letras se dio cuenta de que su mente no estaba concentrada en ellos. Un flaco de rulos largos, muy hippie, hippie a cántaros, descaradamente hippie, bailaba. 

Se movía al compás desenfrenado, enamorado, embelesado, de Zita, obra maestra de Piazzolla. Sin embargo en el aire no se olía más que la música de la lluvia. Se oía a cántaros. De cualquier manera, el flaco estaba poseído por todo aquello que le quedó por bailar a Julio Bocca. Y su danza era Astor. Y ella y él lo sabían. 

Y así sin más, ella no pudo soportarlo y se puso de pie con el ímpetu de un puñado de pájaros que amanecen y se acercó callada al chiflado que se desarrollaba como si nadie lo estuviera viendo. 

Entonces el loco dejó de bailar y lloró de espaldas al mundo. Lloró a cántaros y fue parte de la lluvia.

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