jueves, 20 de febrero de 2014

Poesía a cántaros






Ella llegó una tarde a la plaza:

llovía a cántaros 
así que no abrió su paraguas.

Se sentó en uno de los tantos bancos verdes, 

de esos tan típicos
de las plazas arboladas y lluviosas.

Silencio de agua.


pero cuando se dispuso a comenzar a leer sus apuntes

sobre Filosofía y Letras
se dio cuenta de que
no estaba concentrada en ellos.

Un flaco de rulos largos
muy hippie, hippie a cántaros
descaradamente hippie
bailaba
se movía al compás desenfrenado
enamorado

embelesado
de Zita, de Piazzolla.

Y en el aire
 la única música que se olía en verdad
era la de la lluvia. Se oía a cántaros.

Pero el ente bailarín
poseído por Julio Bocca
bailaba Piazzolla
y ella y él lo sabían.

Y así sin más
ella no lo soportó y se puso de pie con el ímpetu de un puñado de pájaros
y se acercó callada
a aquella cosa que se movía.

Entonces el loco dejó de bailar
y lloró de espaldas al mundo
lloró a cántaros
y fue parte de la lluvia.

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