jueves, 6 de febrero de 2014

Tango muerto

Era tan tierno y tan sensual aquel cuadro en movimiento. Desde la ventana de mi cuarto fui testigo durante Agosto y principios de Septiembre de una historia de amor. En seguida que abría las compuertas que me mostraban esa novela cotidiana, podía ver un patio colmado de azahares y un gato que nunca iba a dejar de maullar. Y sin más preámbulos, el cuarto de en frente. Y la pareja enamorada.

Resultaba divinamente encantador aquel perfume de las flores del patio mezclado con el humo del cigarro que los fue consumiendo. Un halo de dicha sustancia se deslizaba amenazante debajo de su puerta e incluso de la mía, alterando la frágil paciencia de los demás habitantes de aquel tercer piso.

Primero de septiembre, sábado por la tarde, ya la oscuridad acechaba. Me acerqué a mi ventana como era costumbre, aquella vez un poco más temprano, porque no había nada interesante en la televisión y no tenía nada que hacer. Me llamó la atención tanto silencio. Se suponía que en un rato debería haberse comenzado a oír un lamento de tangos y todavía ni un atisbo de aquella fragancia tan particular me había hecho estornudar siquiera. 

El diario asomándose por la rendija de la puerta de entrada de mi casa me provocó levantarme del sillón y salir disparado a buscarlo. Cosa extraña, porque nunca hay noticias nuevas en esta ciudad gris y eso lo sé muy bien. Pero esta vez sí había novedades. De esas que hubiera preferido no conocer.


De repente involuntariamente me vi recreando en mi mente el sueño que había tenido la noche anterior. No recuerdo con lujo de detalles mis sueños, pero a grandes rasgos, cerrando mis ojos pude ver un cuarto de hotel muy desordenado, plagado de botellas de whisky tiradas por todas partes, y que olía a azahares y a humo de cigarrillos. Me despertó el volumen alto y agónico de un tango, el grito de una mujer y un flash en que esa pareja enamorada se convertía en dos esqueletos que bailaban la danza final.

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