domingo, 10 de agosto de 2014

Las cosas que solo pasan cuando soñamos...

La casa olía a humedad y a tierra
en penumbras
solo un televisor viejo y una lamparita
alumbraban lo mínimo indispensable
como para no sentirnos tan solos.

Después de todo
la luz solo hubiese entorpecido las cosas
pienso ahora.

Éramos cuatro
una pareja de enamorados
y vos y yo
en ese cuartito donde convivíamos.


Había un acuerdo
de eso estoy segura
por la noche 
las miradas cómplices de ustedes
me perseguían como ocultándome algo
como empujándome divertidos
hacia un abismo de flores venenosas.


Vos también reías.

Cuando ya no existía más vigilia que nos salvara
y llegaba la hora de asumir 
las verdades más áureas
el frío arremetía como un vendaval
por el ventiluz del cuartito
y nos calaba los huesos
como fantasmas que nos obligaban
a dejar de mentir de una buena vez.

Entonces las sábanas tiradas en el piso
sobre dos colchones sucios y rotos
pero qué importaba...


Entonces la confianza plena en el otro
ese otro que éramos cada uno de nosotros
permitiéndonos la inocencia
siendo descaradamente nosotros en cada silencio
depositando en el otro 
nuestro ser 
sin maquillaje y desnudo.

Entonces tu abrazo
y el televisor quedó prendido, me decías
y no importa, si total... no tenemos vecinos.


Entonces tu abrazo y la omisión
de todo palabrerío barato
y el frío que se apagaba poco a poco
y el sueño que nos iba ganando
y esta alarma de mierda que me despierta
para descubrirme real otra vez
en un escenario en el que no estás.

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