sábado, 24 de enero de 2015

Madygraf


Llevan meses dentro de la fábrica. En los televisores cada día un robo, un asalto, un suicidio, una violación nueva. Pero ellos llevan meses dentro de la fábrica. Y la tele no dice nada.
Las paredes blancas y las máquinas olorosas de desuso descansan en sus aposentos y los hombres salen a las calles solamente para comunicar a la ciudad que necesitan dinero, que no los están dejando trabajar. Pero luego vuelven. No se mueven de la fábrica. Nadie va a sacarlos. Necesitan resistir, así sea viviendo día y noche allí. Y cada mañana despiertan atropellados por el Poder.
Lo que ellos no saben es lo que pasa afuera. Lejos de la fábrica el mundo tiembla. Las banderas se levantan (separadas por partidos que compiten utilizando la causa como excusa, pero eso no viene al caso), el arte dedica su tiempo a declarar lo que está pasando. Porque el pueblo todavía cree. Porque los que tienen pan y abrigo, y techo y educación de calidad, son radares que miran para todos lados y encuentran a cada paso un problema. Y para cada problema, una manifestación. Para cada manifestación, una propuesta. Para cada propuesta, el deseo de la salvación. Y finalmente sucede.
Un día los obreros aburridos y demacrados de tantos insomnios de desesperanza, abren las ventanas y a través de ellas se filtra el sol. Como en un cuento fantástico, después de tanta espera suena el timbre de la justicia. Al final los obreros y el gentío recuperan la libertad. Pueden continuar trabajando. La vida se abre paso y existe un mañana.

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