viernes, 6 de noviembre de 2015

No sabemos lo que nuestras historias nos deparan. Abrimos la boca y sale una casa que
 sigue a un camino de tierra que termina en un portón sobre el que se abalanza un pitbull 
enfurecido. Más allá la  vereda toda rota, reflejo de una política interesada, una calle sin 
rampa en su cordón, un concierto de  bocinas, otra vereda igual de rota, y a cada extremo 
una verde extensión de plazas atestadas de  niños, juegos, y bolsas de residuos 
desparramadas. En varios rincones, estanques donde viven familias de patos. En esas 
aguas, los niños se desnudan bajo el calor del verano, chapotean y tiran  más bolsas y  le
 dan de comer algodón de azúcar a los patos, que mueren por estar tan mal  alimentados y 
por vivir  en una casa contaminada.


Se hace de noche, los oyentes bostezan, la boca se va cerrando lentamente, emitiendo 
significados cada vez más cortos, achicando la voz. Se van las gentes a sus casas, quien 
hablaba lava los platos  y, mientras tanto, recuenta las sobras tristes del súbito paisaje que 
lo acometió esa tarde.

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