lunes, 14 de diciembre de 2015

EL PATRIARCADO NO ES FICCIÓN

Estaba exponiendo libros en una plaza. Caminaba y conversaba con la gente que pasaba. Cuando se puso fuerte el sol, se sentó en un banco a tomar tereré. 


Un señor de más de cincuenta años la miraba, desde el banco de enfrente. De pronto el tipo se le acercó. Ella le convidó un tereré, él no quiso y se le sentó al lado. Abrió el basural y empezó. Que lo había dejado la novia, una piba de veintipocos que justo estaba en la plaza caminando: "ella"- le señaló. Que estaba re enojado, porque él le había dado todo, le había comprado ropa, bombones y flores, y ella lo había dejado. Entonces contextualizó: empezó a hablar de su vida, de que tuvo un trabajo pero renunció, que ahora tenía uno que era mejor, que le requería poco tiempo y que a la vez le dejaba un montón de guita. Que con eso se había conseguido una piscina y una casa enorme, re lujosa. Que ella se lo estaba perdiendo- concluyó.



De repente el tipo le dice a ella: sos muy simpática. Ella no había abierto la boca en todo ese episodio. La miró. Ella miró para otro lado. Te puedo pasar mi número de celular, podemos ir a tomar un café, un día de estos. Tengo 18 años. No, disculpame, ya lo sé, yo nunca abusaría de una menor. 
Ella se levantó y se fue. En el apuro, perdió una bolsa: tuvo que pedir una a la primera persona que vio, en el camino. Él la miraba irse.



En su casa, todavía llena de asco, contó el episodio a su familia. Solamente por precaución. Llena de asco. Pero sin miedo. Creyó olvidar, pero semanas después, se fue a dormir, cerró los ojos y al abrirse el telón estaba en un edificio en el que escapara al piso que escapara, él la estaba esperando. En el piso en donde estaba la biblioteca, se sentó y se obligó a enfocar su mente en un libro, de espaldas a todos. De pronto alguien le tocó el pelo y le habló al oído. Despertó.

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